Miedo a la página en blanco

Toda persona que tiene que escribir por devoción, siente en algún momento miedo a la página en blanco.

Porque sé que escribes más por necesidad que por gusto, no debes agobiarte si pasas por este trance. Quiero que sepas que tu malestar está presente incluso en los más experimentados en esto de la redacción.

No quiero decir aquello de «mal de muchos, consuelo de…», pero algo alivia saber que es más común de lo que piensas, ¿verdad?

El miedo a la página en blanco

Por cierto, hablo del miedo a la página en blanco, pero no me refiero exclusivamente a un artículo del blog, que por similitud de tamaño tendemos a asociar «página» con «entrada». El texto puede tener diversidad de longitudes. Un párrafo de una descripción de un servicio o producto también puede darte quebraderos de cabeza.

A mí incluso un corto email de agradecimiento me ha llevado por la calle de la amargura en alguna ocasión.

Porque decir gracias es fácil. Dices, gracias o muchas gracias y listo. Pero ¿alguna vez te ha pasado que quieres transmitir mucho más que agradecimiento y la palabra gracias se queda corta?

A mí sí. Y solo yo sé las vueltas que le di a las cuatro frases que formaban aquella nota de agradecimiento.

Otro día hablaré de esto precisamente. De cómo decir gracias por escrito. Me lo dejo anotado para desarrollar el tema más adelante.

Así que, si en alguna ocasión sientes que no sabes por dónde empezar, piensa que hasta los más grandes pasaron por tu misma situación en el pasado.

La clave es…

Lo cierto es que quedarse en blanco delante de una hoja nueva tiene los minutos contados si realizas bien el trabajo previo a escribir.

Me refiero a la investigación. Para poder escribir sobre algo, lo que sea, primero tienes que documentarte.

Pretender escribir esperando que la inspiración y el conocimiento lleguen por ciencia infusa es perder el tiempo.

Con material sobre el que poder hablar de, es mucho más fácil que los dedos se suelten bajo el teclado.

Establecer el objetivo del texto es el siguiente paso junto con la definición de a quién te quieres dirigir.

Mi método es…

A mí me ayuda a centrarme el hecho de escribir en la cabecera del papel el tema a tratar, el objetivo y a quién me dirijo.

Como ejemplo pongo el post de hoy. Tema: miedo a la página en blanco. Objetivo: explicar mi estrategia. Dirigido a personas que tienen que escribir por obligación.

Lo siguiente es ponerse a escribir tal cual vayan llegando las ideas.

Si eres ordenado, las ideas saldrán en un orden. Una disposición inicial que no tiene por qué ser la definitiva. Si eres más bien desestructurado, tranquilo, tú solo ves anotando lo que te salga de la cabecita.

Muchas personas piensan que el redactor escribe sus artículos de vez. Sin levantar el boli del papel, que se decía antes.

Llega a su mesa, se sienta delante del portátil y, hala, suelta los dedos como si fuesen perros de cacería esperando la orden para salir corriendo tras la presa.

Ojalá fuera así.

La realidad es otra muy distinta.

Si has hecho bien el trabajo previo de investigación y tienes claro tanto el objetivo del texto como el lector al que te diriges, la labor de escribir es la más automática.

El factor mágico

Pones una idea, luego otra. Añades esto otro. Así una y otra vez hasta que tienes un conjunto de frases y párrafos.

La magia viene después, cuando pasas a la fase de edición. Coges esto de aquí y lo pones allá. Cambias el orden de esta frase. Eliminas esta otra. Reorganizas el orden de estas palabras. Mueves párrafos arriba, bajas otros. Y voilà por fin tienes un texto.

Digo «un texto» y no «el texto» porque todavía hay que pasar alguna revisión más. Complementando este post tienes mi recurso gratuito «Cómo escribir un blog y no morir en el intento«, que te vendrá de perlas.

Pero el tema de hoy va sobre el temor a la página en blanco y te acabo de demostrar que, teniendo un método, ni te acuerdas de ello.

Plan B

Aún y así, si pasas sentado delante de la pantalla más de media hora sin conseguir enlazar tres frases con sentido, abandona el propósito por ese día. En lugar de escribir, airéate. Relájate. Haz ejercicio. Desconecta y mañana será otro día.

Lo difícil es tomar esa sabia decisión de que hoy no tienes el día para escribir.

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